El fantasma.
Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio. Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire.
Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas. Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron. Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared. A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas. Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.
Biografía de Enrique Anderson Imbert.
Biografía de Enrique Anderson Imbert.
Nació en Córdoba el 12 de febrero de 1910. En 1994 fue candidato al Premio Cervantes, pero lo superó en votos el escritor peruano Mario Vargas Llosa. En los últimos años se instaló en Buenos Aires, donde falleció el 6 de diciembre del 2000 a la edad de 90 años.
Nació en Córdoba el 12 de febrero de 1910. En 1994 fue candidato al Premio Cervantes, pero lo superó en votos el escritor peruano Mario Vargas Llosa. En los últimos años se instaló en Buenos Aires, donde falleció el 6 de diciembre del 2000 a la edad de 90 años.
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Fue Laura la que propuso el juego de la copa. Insistía en que la chacra de "Las Palmas" era el mejor lugar para una experiencia como esa.
Desde hacía una semana, tenía escondido en el ropero el círculo de cartón con las letras pintadas en colorado y esperaba con ansiedad la noche de aquel sábado.
Laura lo había planeado todo hasta en sus mismos detalles. Ese viernes los padres viajaban a Entre Ríos y ellas pasarían el fin de semana solas en la casa grande. Los caseros, en su chalet del fondo, no se enterarían de nada.
Y su hermana Inés aceptó.
El sábado por la tarde llegaban los primos Usandivaras de visita, y de a caballo, desde el campito vecino. Carlos sería más fácil de convencer porque siempre se prendía en todas: jugar a las escondidas de noche, en el bañado, nadar en la pileta a las cuatro de la mañana cuando los grandes dormían y salir en el tractor a escondidas del capataz. Además, las películas y los libros de terror le fascinaban. El problema era Clara, siempre tenía miedo y quería suspender los juegos apenas las papas quemaban. Aunque los Usandi, por llevarse once meses, eran como esos mellizos que nunca se separan, y Laura terminó de convencer a su hermana Inés: Clara seguiría a Carlos si él aceptaba.
Ella por ser la de la idea, fue la encargada de proponérsela a sus primos. Inés, dócil como de costumbre, escuchaba.
-¿El juego de la copa? ¿Y eso qué es? –preguntó inquieta Clara.
-¡No me digas que nunca probaste! –fanfarroneó Laura- ¡Si es un juego de lo más conocido! Nos sentamos los cuatro en el comedor a oscuras, alrededor de una mesa. En el centro ponemos un redondel de cartón con letras escritas, un candelabro con una vela encendida y una copa hacia abajo. Entonces, cada uno apoya su dedo sobre la copa y convocamos a un espíritu. Cuando él nos hable, la copa se va a ir moviendo de letra en letra hasta formar palabras.
-Mejor no saber el nombre del espíritu que va a venir –se entusiasmó Carlos-, que él se comunique con nosotros y nos deje su mensaje.
-También podemos hacerle preguntas –dijo Inés para no quedarse atrás-. Y él te contesta.
Clara en cambio parecía asustada.
-Me parece un juego tonto y peligroso.
-Sobre todo peligroso ¿no? Tenés catorce años, ¿cuando vas a dejar de tenerle miedo a todo como si fueras una bebita?
-¡Basta Laura, no la pelees! –terció Carlos, molesto al ver que su prima se burlaba de su hermana.
Pero era tarde, la púa de Laura había surtido efecto. Clara se incorporó en su silla y, con los ojos brillosos de rabia, aceptó el desafío. Si su hermano Carlos participaba, dijo, ella no iba a ser una aguafiestas y hasta amenazó a Laura: "¡Cuidado con volver a decirme bebita!"
Esa noche, después de comer, comenzaron los preparativos. Para tranquilizar a sus padres (que no aprobaban el regreso a caballo de noche), Carlos se comunicó con ellos por la radio del capataz y avisó que se quedaban a dormir en la chacra de sus primas.
A las doce en punto, todo estaba listo para la sesión: los chicos sentados alrededor de la mesa, el cartón de letras en el centro y la copa abajo con los cuatro dedos apoyados sobre su base. A excepción de la luz de la vela, la oscuridad era total. Habían cerrado todas las ventanas y corrido las cortinas para que ni siquiera el tenue reflejo de la luna, en cuarto creciente, entrara en el comedor.
Estuvieron a oscuras, con los dedos transpirando el cristal de la copa, un largo rato. Laura cada tanto preguntaba.
-Si estás entre nosotros, espíritu, danos tu señal.
Pero nada sucedía, a excepción del rumor del viento, el golpetear de alguna celosía mal cerrada o el canto lejano de los grillos.
Ya tenían los dedos pegotes y los ojos llorosos de fijarlos en la llama danzante de la vela, cuando Laura lanzó en voz alta su ultimátum.
-Si entraste en este cuarto, danos una señal. O nos iremos.
Y entonces la ventana se abrió de par en par y una ráfaga de viento apagó la vela. Clara clavó los dedos en la pierna de su hermano Carlos y gritó. Laura, incapaz de detenerse preguntó:
-¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre?
Ahora la copa se movía entre las letras, sin tocar vocales y sin hacer pausas, en forma tan confusa que resultaba difícil seguirla y descifrar el mensaje. Por fin se detuvo y ya no se movió. Entonces Carlos volvió a encender la vela mientras Inés luchaba con las infladas cortinas tratando de cerrar la ventana. Otra vez se sentaron y otra vez Laura insistió con sus preguntas.
-¿Eres un espíritu bueno?
La copa rozó dos letras. La respuesta fue NO.
-Eres malo entonces. ¿Cómo te llamas? ¿Satanás?
Clara empezó a sollozar.
-Basta Laura, dejemos este juego, por favor.
Su prima la chistó con mirada burlona.
-¿Quién eres? –volvió a preguntar- ¿Acaso tienes miedo de contestarme?
La copa empezó a moverse en círculos, rozando las letras sin hacer pausas. Les costaba seguirla hasta que se detuvo en las dos última: JA, JA.
-¿Quién se está haciendo el gracioso? –increpó Laura.
-Esto se pone feo, ¿qué hacemos?, ¿seguimos o paramos? –preguntó Inés un poco nerviosa.
-Date por vencida. Tu espíritu te carga, no quiere contestar –dijo Carlos.
Pero Laura estaba fuera de sí, los labios apretados, los ojos fijos en cartón.
-¡Cállense! –gritó-. ¿No se dan cuenta? Tenemos que hacerlo hablar –y con voz entrecortada siguió su interrogatorio-: ¿A qué has venido? ¿A llevarte a alguien? ¿A quién?
Durante algunos minutos todos estuvieron pendientes de aquel redondel de cristal, de cada letra dibujada en el círculo. La luz de la vela deformaba las caras ansiosas de los cuatro en la semioscuridad. Laura insistía con su pregunta sin obtener respuesta. De pronto, ya en el límite de su paciencia, como si hubiera enloquecido, empezó a gritar:
-¡Contesta, maldito! ¡Contesta!
Y la copa giró en redondo y fue a detenerse en la primera letra y en la siguiente, el tiempo justo para que cada palabra pudiera ser deletreada por todos: "LAURA VA A MORIR".
Clara empezó a sollozar. Carlos se paró de golpe, estrelló la copa contra el piso y rompió en cuatro pedazos el círculo de cartón. Inés vociferó sin control:
-¡Fuera de acá, maldito! ¡No vas a tocar a mi hermana! ¡No te atrevas a tocar a mi hermana!
Laura quedó paralizada, con los ojos muy abiertos y una mueca de horror en su cara pecosa.
Carlos fue a prender las luces. Inés trató de abrazar a su hermana pero la encontró tan helada y quieta que se asustó.
-Laura ¿qué te pasa? ¡Reaccioná!
La abanicaron, pusieron más leños en la estufa y la acostaron en un sillón cerca del fuego.
De a poco Laura fue volviendo a la realidad. Después empezó a mirarlos a todos, como si hubiera visto algo que no comprendiera bien, hasta que detuvo los ojos sorprendidos en Clara.
-Fuiste vos, ¿no es cierto? ¿Querías vengarte porque te traté de miedosa?
Clara miró a su hermano Carlos con desesperación.
-Se volvió loca. ¿Cómo puede pensar una cosa así?
Laura saltó sobre su prima y le clavó las manos en el pecho sacudiéndola por el suéter con odio.
-Perversa, perversa, me quisiste matar –y lloraba, presa de una crisis histérica.
Carlos e Inés fueron a socorrer a Clara y, tras largos forcejeos, consiguieron que la soltara. Laura se derrumbó del todo. Balbuceaba palabras sin sentido y el cuerpo se le retorcía en estremecimientos. Inés trató de consolarla; le acarició el pelo y le habló como a una bebita.
Hasta la propia Clara se conmovió y, con sus palabras más cariñosas, le explicó que ella no había movido intencionalmente la copa, que nunca sería capaz de hacerle algo así. Carlos, en cambio, estaba enfurecido. Anunció que se iba a dormir y ordenó a su hermana que fuera a acostarse enseguida porque ensillarían los caballos apenas amaneciera. Inés, tratando de calmar los ánimos, propuso que todos rezaran un rosario y corrió a buscarlo a su cuarto.
Laura empezó a serenarse.
Costó convencerlo, pero al fin Carlos accedió, y los cuatro primos, arrepentidos del endemoniado juego, se unieron en ese acto de recogimiento y paz.
A las dos de la mañana, Clara seguía despierta. Las palabras anteriores rebotaban en su cabeza y volvían a su conciencia aunque intentara taparlas con el murmullo de sus oraciones. Sentía que el espíritu maligno estaba cerca, al acecho, que en cualquier descuido trataría de apoderarse de la vida de su prima. Se culpaba a sí misma por haber consentido en participar en ese absurdo juego de la copa. Si ella se hubiera negado, Carlos habría terminado por convencer a Laura y a Inés para que abandonaran la macabra idea.
Era inútil, Clara no podía dormir. Tenía las letras escritas en su mente y la palabra MUERTE la perseguía cada vez que intentaba cerrar los ojos. Entonces, con el rosario en la mano, trataba de rezar, y al menor crujido, golpe, o rumor, su corazón empezaba a latir desenfrenado, y ella a mirar hacia la puerta esperando ver pasar al espíritu maligno que esa noche había amenazado a Laura.
La casona de campo tenía tantos cuartos, recovecos, pasillos y despensas que, en su terror, trató de imaginar en cuál de ellos podía ocultarse el maldito. También imaginó que podía espiarlos a través de las paredes y que sin duda esperaba hasta que todos se durmieran para hacer su aparición.
A las cuatro de la mañana, Clara sintió la urgente necesidad de ir al baño. Esperó unos minutos, confiando en que las ganas pasarían o en poder aguantarlas hasta que amaneciera. Pero no fue así. Media hora después comprendió que tenía dos alternativas: ir al baño o hacerse pis en la cama, igual que una bebita. Quizá Laura había tenido razón y ella era una inmadura y una cobarde. En cambio su prima, la propia amenazada, probablemente ya estaría dormida y repuesta del susto.
Con su lámpara de kerosene, Clara fue alumbrando el camino a medida que avanzaba. Para llegar al baño más próximo, debía atravesar parte del living y un pasillo que daba a la despensa. Sólo el cuarto de sus tíos tenía comunicación directa con un baño y con otra puerta que daba al exterior. En ausencia de ellos, todo el sector se cerraba con llave. Clara caminó despacio, arrastrando sus chinelas con la esperanza de que su hermano o alguna de sus primas se despertara al oír sus pasos. Al menos así compartiría con alguien sus temores. En ese momento volvió a sentir una puntada de arrepentimiento por haber cedido al desafío de su prima. Y todo por culpa de aquel estúpido juego. La furia le dio valor y casi sin darse cuenta llegó hasta el baño.
Clara estaba a punto de salir, cuando oyó el estruendo de una explosión. El ruido venía de lejos. Se asomó a la ventana del baño y alcanzó a ver el horizonte iluminado por un resplandor anaranjado. Pensó en la Central Atómica de Atucha, ¿y si hubiera estallado?
Después, segura de que el estruendo habría despertado a las primas, fue hacia su cuarto para compartir con ellas sus temores.
Inés y Laura no estaban en sus camas. Instintivamente, Clara abrió las persianas y observó que las llamas del incendio avanzaban desde la isla de enfrente.
Carlos tampoco estaba en su cuarto. Desesperada, Clara abrió la puerta principal y ya iba en busca de los caseros, cuando desde el jardín vio llegar a sus primos, despeinados y con las camperas puestas sobre sus pijamas. Laura no venía con ellos.
-Me desperté con la explosión y, como no estabas en tu cama, fui a buscarte al cuarto de las chicas –le explicó Carlos.
-Yo también me asusté con el ruido. Parece un incendio importante –comentó Inés-. ¿Y Laura?
-No sé, creí que estaba con ustedes –dijo Clara, alarmada.
-Y nosotros pensamos que estaría con vos –contestaron ellos, casi al unísono.
Buscaron a Laura en cada metro del jardín. Rastrearon todo el terreno, hasta la tranquera, con una linterna. Primero los tres juntos, luego cada uno por separado. Al amanecer, el resplandor de las llamas fue reemplazado por un humo cada vez más blanco. Y Laura seguía sin aparecer. Carlos, seguro de que su prima había ideado una nueva broma de mal gusto, propuso irse a la cama. Pero Inés y Clara, muy asustadas, decidieron avisar a los caseros.
Golpearon insistentemente en la puerta del chalet. Nadie respondía. De repente Inés tuvo la idea.
-Ellos parten de madrugada a la guachera, a alimentar a los terneros destetados. Quizá Laura tuvo miedo anoche y se le ocurrió acompañarlos. ¿qué otra cosa pudo haber pasado si no?
-¿Vos no creés en la amenaza de muerte, entonces?
-Vamos Clara, ¿no me digas que te tomaste en serio lo que pasó en el juego de la copa?
Te apuesto cualquier cosa que mañana a las diez encontramos a Laura en la misa del pueblo. Ahora tratemos de dormir un rato. ¡Me caigo de sueño!
Al día siguiente, a las diez y cuarto, los tres primos llegaron a la capilla del pueblo de Lima, pedaleando a toda marcha en sus bicicletas. Apurados porque era tarde, y el padre Marcos solía ser muy puntual en la celebración de la misa de la mañana. Y, aunque no hablaban del asunto, apurados porque a los tres los inquietaba no tener noticias de Laura.
Apenas entraron, Clara advirtió que pasaba algo raro. Había más personas que de costumbre, todas paradas, y hasta los últimos bancos, a esa hora generalmente vacíos, estaban repletos.
Cuando por fin encontraron lugar, y los que estaban parados se sentaron, Clara fue la primera en ver el ataúd. En sus oídos resonó la voz conmovida del padre Marcos.
-Oremos todos por la vida eterna de nuestra hermana Laura, fallecida trágicamente anoche en el incendio de la isla. Te pedimos Señor...
No pudo oír más porque cayó de rodillas, aturdida por el espanto. Pero alcanzó a ver a Inés, seguida de Carlos; iban los dos hacia el altar, abriéndose paso a los empujones entre la gente que se apiñaba a los costados. También los vio aproximarse al cajón. Y volver los dos juntos; Inés llorando, Carlos con la palidez de un muerto.
Otra vez se oyó la voz del Sacerdote.
-También te pedimos Señor por los que hoy sufren para que encuentren en Ti el consuelo que tanto necesitan. Por los hijos y nietos de nuestra hermana Laura...
Casi al mismo tiempo, una voz cariñosa le susurraba al oído:
-Calmate, soy Laura. No sabés anoche... ¿Vieron el incendio?
Biografía de María Brandán Aráoz.
Nació en Buenos Aires, pero tiene sus raíces familiares en las provincias de Salta y Córdoba. Sus libros se leen en colegios de nivel inicial, primario, y secundario de todo el país. La autora concurre a encuentros con sus lectores y dicta talleres con padres y docentes sobre cómo fomentar en los chicos el hábito y el placer por la lectura.
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El hombrecito del azulejo.
Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:
-Esta noche será la crisis. -Sí responde el doctor Eduardo Wilde ; hemos hecho cuanto pudimos. -Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche. . . Hay que esperar...
Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.
Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.
El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.
Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.
-¡Martinito! ¡Martinito!
El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.
Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.
Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.
Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.
Ni un rumor se oye en la casa. E1 ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.
Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie saca la cabeza del caparazón.
La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.
-Madame la Mort...
A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.
-Madame la Mort...
La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.
Al fin reflexiona la huesuda señora pasa algo distinto.
Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla los gatos, los perros, los ratones huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.
Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?
La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.
Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ellá le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...
La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.
Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con ...
Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba lla produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.
La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.
-Y además...- prosigue el hombrecito del azulejo.
Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue v lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.
-El se ha salvado castañetean los dientes amarillos de la Muerte, pero tú morirás por él.
Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aún tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.
Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en Ia Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros.
Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido es a vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.
Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.
El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a Ia casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:
-¡Ahí va algo, abarájenlo!
Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.
Biografía de Manuel Mujica Láinez.
Nació en Buenos Aires en 1910 y murió en 1984. Escribió más de veinte libros (novelas, cuentos, biografías, poemas, crónicas de viaje y ensayos)
Nació en Buenos Aires en 1910 y murió en 1984. Escribió más de veinte libros (novelas, cuentos, biografías, poemas, crónicas de viaje y ensayos)
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Una mañana, cuando el Monstruo Deforme se despertó. oyó que la panza le hacía unos ruiditos raros y resolvió sin más vueltas:
- Voy a hacer una torta.
Se vistió de un saque y fue corriendo a la cocina para preparar los ingredientes.
-Azúcar...ta..ta..ta..ta¡azucar!..huevos..ta..ta..ta..ta ¡huevos!.. manteca.. ta.. ta.. ta.. ta.. ¡manteca!.. polvo para hornear ..ta ..ta ..ta ..ta ¡polvo para hornear!.. harina.. harina.. harina... ¿y la harina?
No hubo caso. Buscó en de la heladera, debajo de la pileta, adentro de los cajones y nada. El Monstruo Deforme se había quedado sin harina.
Pero no se dio por vencido.
- No tengo harina -se dijo-. Bien. No voy a ser el primer Monstruo Deforme que se quede sin harina y seguramente no seré el último. Voy a ir al pueblo y allá me van a dar.
Y salió. Era uno de esos días con nubes negras que quiere como llover pero que al final no llueve nada. La casa del Monstruo Deforme estaba en la punta de una lomita cerca del pueblo y había que hacer una buena caminata para encontrar las primeras casas. Claro que para el Monstruo Deforme, que medía casi 3 metros, que pesaba más de 200 kilos y que tenía una enorme joroba justo en el medio de la espalda esto de caminar era pan comido.
Los primeros en verlo fueron los almaceneros, que salieron corriendo a avisarle al zapatero, el zapatero le dijo al leñador, el leñador al policía, el policía a los bomberos y los bomberos a todo el mundo con el autobomba. La cosa fue tan rápida que en un ratito nomás la gente corría de un lado para el otro gritando como loca.
- ¡El Monstruo Deforme, el Monstruo Deforme viene al pueblo!
No quedó nadie en la calle. Cuando el Monstruo llegó ya todos estaban encerrados bajo llave y escondidos debajo de las camas, rezando para que la Bestia siguiera de largo.
Pero no siguió...
Se paró en la primera casa del pueblo y golpeó.
- Toc...toc...toc...
- ¿Qui..quie..quién es?- preguntaron desde adentro.
- Soy yo, el Monstruo Deforme, ese que vive en la lomita, que mide casi tres metros, pesa más de 200 kilos y tiene una enorme joroba en medio de la espalda. Necesito un poco de harina.
- Aquí no hay nada para vos, Monstruo Deforme -gritaron los de la casa- así que dejá de golpear y seguí tu camino.
- Qué lástima -se lamentó el Monstruo-, me bastarían tres pajaritos para hacer harina.
Y los habitantes de la casa se pusieron a temblar, pensando en lo que les ocurriría a sus pájaros si caían en las manos del Monstruo.
Pero ya dijimos que el Monstruo Deforme no se daba por vencido así nomás. Caminó un poquito y golpeó en la casa de al lado.
Toc...toc...toc...
- ¿Qui..quie...quién es?
- Soy yo, el Monstruo Deforme, ese que vive en la lomita, que mide casi tres metros, pesa más de 200 kilos y tiene una enorme joroba en medio de la espalda. Necesito un poco de harina.
- Aquí no hay nada para vos, Monstruo Deforme, así que dejá de golpear y seguí tu camino.
- Qué lástima -se lamentó el Monstruo-, me bastarían tres perritos para hacer harina.
Y los habitantes de la casa se pusieron a temblar pensando en lo que les pasaría a sus perros si caían en las manos del Monstruo.
Ya un poco descorazonado, el Monstruo intentó en la tercera casa.
Toc...toc...toc...
- ¿Qui..quie...quién es?
- Soy yo, el Monstruo Deforme, ese que vive en la lomita, que mide casi tres metros, pesa más de 200 kilos y tiene una enorme joroba justo en medio de la espalda. Necesito un poco de harina.
- Aquí no hay nada para vos, Monstruo Deforme -le gritaron otra vez desde adentro-, así que dejá de golpear y seguí tu camino.
- Qué lástima -se dijo el Monstruo-, me bastarían tres chicos para hacer harina.
Y los de la casa estuvieron a punto de desmayarse de miedo pensando en sus hijos.
Pero el Monstruo Deforme ya estaba cansado de tanto andar al divino botón y se volvió para su casa. En el camino se encontró con tres pajaritos que estaban volando lo más panchos de aquí para allá. Los llamó y los pájaros se acercaron.
- Quiero hacer una torta -les contó- pero no tengo harina. Yo sé que por aquí cerca hay mucho trigo pero no me acuerdo dónde. ¿Podrían ustedes volar muy alto muy alto y venir a decirme dónde está?
- Podríamos -contestaron los pájaros- pero después nos convidás con la torta.
- Eso ni se pone en duda -dijo el Monstruo Deforme.
Siguió caminando y al ratito se encontró con tres perros que jugaban a morderse. El Monstruo los llamó y los perros se acercaron.
- Miren ¿ven aquellos pájaros? Están buscando trigo para mí, así puedo hacer harina y después una torta. ¿Ustedes podrían ir adónde ellos les digan y arrancar a mordiscos algunas espigas para traérmelas a casa?
- Podríamos -contestaron los perros- pero después nos convidás con la torta.
- Eso ni se pone en duda -dijo el Monstruo Deforme.
Siguió caminando y casi llegando a su casa se encontró con tres nenes que iban de visita al pueblo.
- Ah, chicos -les dijo-, me vienen bárbaro. Ahora van a venir tres perros con espigas de trigo para hacer harina. ¿Podrían molerlas y prepararlas mientras yo voy mezclando los otros ingredientes de una torta que quiero hacer desde hoy?
- Podríamos -contestaron los chicos- pero después nos convidás con la torta.
- Eso ni se pone en duda -dijo el Monstruo Deforme.
Poco después el cielo se oscureció como si fuera de noche y empezaron a escucharse unos truenos espantosos.
Abajo, en el pueblo, los habitantes siguieron escondidos seguros de que, con semejante día, el Monstruo Deforme iba a volver para hacer harina con quien cometiera la tontería de salir.
Y arriba, en su casa, el Monstruo Deforme, con tres pájaros, tres perros y tres chicos, comía torta.
Biografía de Esteban Valentino.
Esteban Valentino nació el 11 de diciembre de 1956 en Castelar, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es licenciado y profesor universitario en Letras.
Esteban Valentino nació el 11 de diciembre de 1956 en Castelar, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es licenciado y profesor universitario en Letras.
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El sol salía sobre la Villa. El lugar no tenía nombre y en general no les parecía mal a los que lo habitaban. Estaba bien el número. Le quitaba categoría de espacio habitable. La Villa era una cifra y a través de ella se distribuían como sombras los seres que la ocupaban. La Villa amanecía también, como el sol, muy temprano. Y amanecía con ruidos, con puertas de madera que se abrían, con motores de camionetas viejas que tosían entre las calles de tierra, con repartos para los almacenes del barrio.
Muchos perros en la Villa. Perros de nadie, de esos que caminan sin otro rumbo que su olfato hacia los montones de basura que se amontonan en algunas esquinas. Los perros acompañan a la gente, corren a las bicicletas ladrando y hurgan con paciencia y poca suerte. Buscan comida pero nunca sobra mucho en la Villa. Encontrar algo tampoco garantiza alimento para el día. Antes de poder masticar en paz, el perro afortunado debe defender a punta de colmillo su bocado ante sus compañeros de búsqueda. Sólo después de haber desgarrado un par de pieles ajenas podrá caminar hacia alguna sombra amable y morder a gusto, siempre sin quitar la vista del resto de la jauría. Dicen por allí que el sol sale para todos y tal vez no está mal eso que dicen por allí, pero nadie ignora que si es cierto que, salvo los muertos, todos amanecemos, aquellos perros de polvo amanecen menos. Perros flacos los de la Villa, desconfiados, ignorantes en caricias. Perros feos. Perros.
La Villa sin nombre, la del número, tiene muchas casas de lata y también tiene muchas casas de ladrillo, tiene calles angostas con gente y bicicletas y calles más anchas con gente y algunos autos. Las puertas dan a las calles angostas. Por esas puertas sale la gente y las bicicletas, algunos perros, perros de alguien, baldazos de agua con jabón. Por una de esas puertas sale Bardo todos los días. Hace tiempo tenía nombre y apellido pero a la Villa le gusta alejarse de esos temas de documentos y papeles oficiales. Ahora Bardo es Bardo para todos, hasta para los que lo bautizaron con aquellos nombres de papel. Un pibe. Séptimo grado. Catorce años. Bardo.
Por una de esas puertas salió Bardo esa mañana en que el sol salía sobre la Villa del número. Bardo caminó hasta la salida del barrio, hasta la avenida y tomó el colectivo que lo dejaba a dos cuadras de su escuela.
- Un escolar- pidió y diez centavos más tarde tenía su viaje en la mano.
Bajó donde siempre y caminó. Pero a la escuela la edificaron dos cuadras para allá y Bardo dirigió su cuerpo lleno de guardapolvo dos cuadras para acá. Es decir, Bardo salió de su casa como quien va para clase y ahora parece que cambió de idea. Aunque tal vez él ya tenía decidido caminar para acá y entonces lo que en realidad hizo fue mantener la idea que tenía al salir. ¿Es importante el detalle? Sí, porque sirve para describir a Bardo. Una cosa es que sea un pibe que hoy dice esto y mañana hace aquello y tampoco es lo mismo que mienta en su casa a que resuelva cambiar de dirección una vez en la calle. Los que lo conocen a Bardo dijeron después, cuando ya había pasado todo, que el pibe va al frente y que seguro ya tenía pensado ir para acá cuando salió por aquella puerta de la que hablamos dos párrafos más arriba. Ahora, ¿dónde es acá?. O mejor dicho, ¿qué es acá?
Acá es un lugar de reunión, una plaza bastante descuidada, con hamacas rotas y toboganes con tablones podridos, que los chicos más chicos del lugar olvidaron hace rato y que los grandes dejaron reservado como cancha alternativa para picados de fin de semana. Pero ese día es martes así que no hay ni chicos más chicos ni grandes. Hay algunos pibes de más o menos la edad de Bardo y hay Bardo que ya llegó.
- ¿Alguien trajo fasos? -preguntó.
- Yo, tomá- dijo otro.
Los compañeros de Bardo también tienen nombres que no figuran en el papel pero preferimos que se mantengan anónimos porque no tiene mayor importancia para la historia y porque además estos casi muchachos prefieren que sus nombres no aparezcan publicados. Han aprendido que la ignorancia de los demás es buena para ellos. De modo que siempre que alguno de ellos deba actuar habrá que recurrir a palabras como "otro" (que ya usamos), "uno más", "el más alto", "el Pelado". La reunión ya empezó y aunque todos son alumnos de distintas escuelas de la zona y que han resuelto juntarse en horas deberíamos decir lectivas la charla no tiene nada que ver con el mundo académico. El lenguaje usado es complicado para los que no somos miembros del grupo pero parece evidente que están planeando algo alejado de las convenciones legales, tal vez un robo.
- Entonces la cosa es así -decía uno-. La casa va a estar vacía hoy a la noche. Los tipos tienen una fiesta y se van a rajar temprano. A las nueve podemos entrar sin problemas, afanamos rápido lo que encontramos y nos piramos.
- ¿Dónde nos juntamos?- le preguntó otro.
- En la esquina de la pizzería. De allí nos vamos de a dos hasta la casa y nos mandamos. Si hay quilombo nos vemos aquí.
El que habla podría pasar por el líder pero en realidad es apenas el vocero. Quien planeó todo y que ahora no abre la boca porque ya dijo lo que tenía que decir cuando averiguó que esa casa iba a quedar sola por unas horas y armó el proyecto, es Bardo. En el momento en que su lugarteniente informa a los demás sobre lo que se va a hacer esa noche mira a su pequeño ejército y se queda conforme. Ninguno arruga. Tipos de confiar. Pibes hechos. Pibes.
El plan ya fue explicado por ese que nombramos como "uno" pero no estarán de más algunas aclaraciones. La idea del grupo es ubicar aparatos electrónicos más o menos llevables como alguna videograbadora, algún discman pero sobre todo dinero. Tendrán una buena cantidad de horas hasta la llegada de los dueños y entonces habrá tiempo para buscar. Conocen los escondites más habituales. Los dueños son parecidos en todos lados. La variante que fue definida como "si hay quilombo" es poco clara pero ya demostró ser efectiva en otras noches similares a la que se acerca. Básicamente consiste en correr por donde se pueda, incluyendo los techos de las casas vecinas hasta perder de vista a los posibles perseguidores y reencontrarse en la plaza en la que todavía están ellos estudiando los últimos detalles y nosotros porque no tenemos más remedio que seguir sus pasos si queremos tener alguna posibilidad de conocer cómo termina esta historia.
El tiempo pasó como todos los días. El regreso a casa desde un presumible colegio, el almuerzo con el silencio de Bardo que a nadie llamó la atención porque él es un chico más bien callado, los planes de la madre para ir a visitar a su hijo mayor a la cárcel, la tarde caminando por las calles angostas y por las calles anchas de la Villa, un partidito en la cancha de tierra de las vías. Nada distinto a lo habitual. Días parecidos hay en la Villa, días de siempre afuera. Días polvorientos. Días.
El encuentro en la pizzería fue apenas el necesario para saberse juntos y saberse todos. Por ahora no había ni para una porción. Después se vería. Después, si todo salía bien. Hicieron el recuento de lo que se necesita para entrar a una casa que no fuera la propia y no faltaba nada. Ya habían analizado la cerradura principal y no ofrecía ninguna dificultad. En ese aspecto el Pelado era un mago, resultado de su aprendizaje con un cerrajero de autos amigo suyo. El más alto, que era también el más grande y el que metía más miedo era el único armado. Un 22 corto. "Por si acaso", dijo Bardo. Caminaron hasta la casa en grupos de a dos. Lógicamente, los primeros en llegar fueron el Pelado y otro, que no es el mismo otro que apareció ya en este relato. Se trata, pues, de otro otro. Luego, cuando el Pelado realizó su trabajo con la eficacia que acostumbraba, es decir, cuando la puerta ya no representaba ningún obstáculo, aparecieron los demás, Bardo al final.
En este punto hay que hacer alguna pequeña aclaración. Todos conocemos la fuerza del idioma, lo útil que es en todos los casos y lo importante que puede llegar a ser en muchos. Incluso para mentir es necesario usar palabras. De modo que no es de extrañar que fuera precisamente una oración, una pregunta más exactamente, lo que cambiara radicalmente el final programado por los ahora intrusos para esa noche. Cuando estuvieron todos adentro y se disponían a iniciar el registro de la casa, de una de las habitaciones interiores llegó una voz produciendo la pregunta que acabamos de comentar.
- ¿Llegaron, pá?.
La parálisis que provocó en el grupo esa sucesión de sonidos se puede comparar únicamente con la actividad que siguió casi de inmediato cuando un chico de unos diez años apareció por el pasillo. El más alto se asustó. Tal vez demasiado preparado para usar el arma que llevaba. Tal vez tener un 22 corto le pese mucho a un chico de 14 años, tal vez un chico de 14 años que tiene un 22 corto piensa que así las cosas entre él y el mundo están más parejas. Tal vez no quiso, tal vez sí, habría que hablar con él pero como aquí nos concentramos en Bardo y no en el más alto no lo sabremos nunca pero sí sabemos porque casi que lo oímos aunque en los libros los disparos no hagan ruido, que hubo un disparo, un tiro. Un tiro en la noche. Un tiro en la vida de un pibe alto de 14 y un tiro en la vida de otro pibe no tan alto de unos diez. Un tiro seco. Un tiro de mierda. Un tiro.
El de 14 dejó caer el 22 cuando vio que el de 10 caía y 4 de los otros 5 escaparon y uno de 14 miraba a otro de 14 parado, al de 10 tirado y al 22 en el piso.
El de catorce que miraba así era Bardo. Los demás miembros de su grupo habían concluido que lo que había pasado entraba perfectamente en la clasificación de "quilombo" y por lo tanto corrían ya hacia la plaza que quedaba dos cuadras para acá. Al fin Bardo pudo reaccionar. Levantó el 22 y se lo puso en la cintura, lo empujó al más alto hacia la puerta y lo mandó a la calle pensando que siempre que hay un tiro hay un policía cerca, cerró la puerta desde adentro y volvió para ver al chico de diez tirado. Que lo miraba con los ojos abiertos llenos de un miedo que Bardo no había visto nunca pero que servían para demostrarle que el pibe de diez estaba vivo y que la bala había apenas rozado la pierna.
- No te voy a matar, no te asustes- le dijo Bardo al pibe de diez-. Podés pararte. Tenés apenas un raspón. Vení que te acompaño a la cama.
El chico de diez se dejó guiar por el chico de 14 que tenía el 22 en la cintura y se dejó acostar.
- ¿ Ahora nos vas a robar?- preguntó el chico de diez.
- No, este afano ya fue. ¿Qué hacés vos acá? ¿No tendrías que estar con tus viejos?.
- Sí, pero me sentí un poco mal y preferí quedarme. Ya tengo diez. Puedo quedarme solo.
- Estuviste cerca de sentirte bastante peor. Bueno, me voy- fue lo último que oyó de Bardo el chico de diez.
Hasta aquí llegan los datos de los que tenemos certeza. Lo que nos falta sólo podemos suponerlo pero teniendo en cuenta que hasta este punto hemos seguido la historia con razonable credibilidad es pensable que ahora que nos acercamos al desenlace no cometeremos errores groseros. Sabemos que un vecino vio entrar a los chicos porque de casualidad estaba mirando para afuera y si tenía alguna duda, cuando oyó el tiro llamó a la policía. Cuando Bardo vio los coches afuera, los uniformes que corrían detrás de los autos, los ruidos en los techos, supo que allí se terminaba la noche y que tal vez su madre tendría una visita más que hacer y que malditas las dos cuadras para acá, maldita la pizzería, maldito el 22 y maldito el pibe de diez que eligió justo esa noche para sentirse un poco mal. "¿ En qué me equivoqué?" parece que pensó cuando giró el picaporte con cuidado.
Biografía de Esteban Valentino
Biografía de Esteban Valentino
Esteban Valentino nació el 11 de diciembre de 1956 en Castelar, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es licenciado y profesor universitario en Letras.
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Romance de la luna luna.
La luna vino a la fragua con su polizón de nardos. El niño la mira, mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. —Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos. —Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados. —Huye, luna, luna, luna, que ya siento los caballos. —Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado
El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya, ay, cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. El aire la está velando.
Preciosa y el aire.
A Dámaso Alonso
Su luna de pergamino Preciosa tocando viene por un anfibio sendero de cristales y laureles. El silencio sin estrellas, huyendo del sonsonete, cae donde el mar bate y canta su noche llena de peces. En los picos de la sierra los carabineros duermen guardando las blancas torres donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua levantan por distraerse, glorietas de caracolas y ramas de pino verde.
*
Su luna de pergamino Preciosa tocando viene. Al verla se ha levantado el viento que nunca duerme. San Cristobalón desnudo, lleno de lenguas celestes, mira a la niña tocando una dulce gaita ausente.
Niña, deja que levante tu vestido para verte. Abre en mis dedos antiguos la rosa azul de tu vientre.
Preciosa tira el pandero y corre sin detenerse. El viento-hombrón la persigue con una espada caliente.
Frunce su rumor el mar. Los olivos palidecen. Cantan las flautas de umbría y el liso gong de la nieve.
¡Preciosa, corre, Preciosa, que te coge el viento verde! ¡Preciosa, corre, Preciosa! ¡Míralo por donde viene! Sátiro de estrellas bajas con sus lenguas relucientes.
*
Preciosa, llena de miedo, entra en la casa que tiene, más arriba de los pinos, el cónsul de los ingleses.
Asustados por los gritos tres carabineros vienen, sus negras capas ceñidas y los gorros en las sienes.
El inglés da a la gitana un vaso de tibia leche, y una copa de ginebra que Preciosa no se bebe.
Y mientras cuenta, llorando, su aventura a aquella gente, en las tejas de pizarra el viento, furioso, muerde.
Reyerta.
A Rafael Méndez
En la mitad del barranco las navajas de Albacete bellas de sangre contraria, relucen como los peces. Una dura luz de naipe recorta en el agrio verde caballos enfurecidos y perfiles de jinetes. En la copa de un olivo lloran dos viejas mujeres. El toro de la reyerta se sube por las paredes. Ángeles negros traían pañuelos y agua de nieve. Ángeles con grandes alas de navajas de Albacete. Juan Antonio el de Montilla rueda muerto la pendiente, su cuerpo lleno de lirios y una granada en las sienes. Ahora monta cruz de fuego, carretera de la muerte.
*
El juez, con guardia civil, por los olivares viene. Sangre resbalada gime muda canción de serpiente. Señores guardias civiles: aquí pasó lo de siempre. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses.
*
La tarde loca de higueras y de rumores calientes cae desmayada en los muslos heridos de los jinetes. Y ángeles negros volaban por el aire del poniente. Ángeles de largas trenzas y corazones de aceite.
ROMANCE SONÁMBULO
A Gloria Giner y Fernando de los Ríos
Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas la están mirando y ella no puede mirarlas.
*
Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha, vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias. ¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga.
Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando, desde los puertos de Cabra. Si yo pudiera, mocito, ese trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas de holanda. ¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca. Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, ¡dejadme subir!, dejadme hasta las verdes barandas. Barandales de la luna por donde retumba el agua.
*
Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata. Mil panderos de cristal, herían la madrugada.
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Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron. El largo viento, dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dónde está, dime? ¿Dónde está tu niña amarga? ¡Cuántas veces te esperó! ¡Cuántas veces te esperara cara fresca, negro pelo, en esta verde baranda!
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Sobre el rostro del aljibe se mecía la gitana. Verde cama, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche se puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña.
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